... y dejarlo crecer salvaje
Hay poco en la vida que haya hecho gratis o sin el terrible peso del miedo al fracaso o la decepción, y una de ellas es arreglar flores. También bailar, pero eso pertenece a otro flujo de pensamiento.
Es, verdaderamente, antídoto para los males mencionados y algunos otros tumultos emocionales generados por una consciencia obsesiva y juiciosa que habla mucho y descansa poco, así como el símbolo en mi mente del regreso a tierra firme en un abrazo a la realidad, por cualquier ápice de hermosura que pudiera crear en un mundo brumoso y efímero.
Las flores, diferente a la danza, tienen la gentileza de sacarme de mi concha y permiten el abordaje y la expansión de una conversación libre de logos, siendo el receptor ente orgánico con pautas informativas más complejas que la lógica misma.
Las flores son un token del jardín que es mi cabeza, mi mente en estado puro. Ellas me enseñaron que al jardín interior se le da mantenimiento, cariño. Hay que acomodar la tierra, remover hojas muertas y hiedras malsanas, regar y observar qué abono necesita cada pensamiento para que su bulbo florezca en lo que tiene que convertirse, que crezca en su propia especie. Así entendí que el amor más leal es la disciplina, la perseverancia y la atención al cambio que a veces uno mengua por las fatigas del mundo material inmediato.
A las flores se les acomoda en el ecosistema más favorecedor, se les rodea de especies amigas con comportamientos similares y, juntas, atraen a los insectos que van a contribuir con su florecer y, más importante, su supervivencia. La armonía en un jardín sano me ha permitido explorar ideas en su profundidad, purgar la paja o reservarla para cuando llegue una flor que se alimente de ella.
Es instintiva la relación de cuidado que surge entre ellas y yo, exhaustiva en lo arduo que es dar mantenimiento, a veces cruel en su forma tajante de evidenciar aquello que no permite a la vida suceder, y adictivo en la sensación de control que otorga sobre el universo creado, cada vez más fecundo. Siendo, esta última, sensación ilusoria de lo que en realidad es una negociación afectiva en la que yo llevo las de perder.
El terreno es fértil y amplio, se expande con cada respiro y se alumbra con el vigor de mi insomnio. El orden y la armonía se las tributo al yo consciente que sale al mundo a ejecutar ese rol que uno decide darse, por que, incluso en este mundo incoherente, elijo funcionar.
De esa forma el jardín está al día y dando frutos, sin embargo, los más sabrosos y dignos de acariciar están en otra parte, una que es necesario tener y que no a todos se les deja visitar.
Hay una parcela indómita y fiera que crece y crece sin permiso ni cuidado y que ahoga al que la pisa sin saber. La maleza que aquí habita respira por y a pesar de mi, alberga perennes venenosas, arbustos que son más espina que pétalo y hojas que queman al primer contacto. Las flores allí son intoxicantes al ojo, una trampa a los sentidos, nacieron para engañar al inocente y premiar al rufián. La contaminación que provocan sus intercambios semánticos genera nuevos patrones de pensamiento.
Ese pedazo de tierra es libre y no por que yo lo permita, su presencia aísla y protege al jardín que vive en orden y ese resguardo le permite a este otro concentrarse en alcanzar el sol. En él crece la sombra y en su sombra pantanos con animales rastreros que escuchan a la tierra acomodarse. Sus límites están desdibujados y sólo un pacto de correlación apela a su generosidad.
Su calidad sofocante y aleatoria conforma un sistema de sabiduría comparable con la pureza de encarnar, en otras palabras: sabe por que es, y es por que sabe.
De estos conceptos primordiales se desprenden otros más complejos, como los que hacen eco cuando practico ikebana:
La perpetua búsqueda de balance queda plasmada allí, donde la fuerza y el equilibro entrelazan manos, allí donde la línea recta es insuficiente. Hay que buscar la rama ideal con la torcedura perfecta, entender la estabilidad a través de la asimetría, apelar a la proporción contraintuitiva y comprender que, al final del día, lo hermoso es hermoso, sin importar qué reglas se rompieron para concebirlo.
